Buenas buenas, una semana más a la expectativa del mercado y del señor con mejor pelo del mundo a sus 70 años. Volvemos cargados de análisis cautelosos por volatilidades y riesgos, que están costando miles de millones a los grandes magnates del mundo tecnológico y automovilísticos, así como un frenesí de predicciones desmontables a corto plazo por todas las asesorías y consultorías habidas y por haber, especializadas en todos los sectores.
Aquí estamos viviendo la tendencia económica neoliberal que pretende desregular y desmontar tanto las instituciones que mantienen a las democracias como a las propias estructuras económicas que se están viendo sometidas a los huracanes políticos del mundo. Como bien sabéis, aquí no hacemos predicciones ni tampoco análisis detallados con números y grandes desarrollos, pues lo que se nos da bien es el análisis con sorna y a veces perspicaz del momento en el que vivimos, pero hoy, podremos dar un poco de luz a nuestro lado más académico para destacar el avance, el crecimiento y decrecimiento de las olas proteccionistas y a la vez más libertarias que hayamos conocido en nuestras cortas vidas de consciencia política.
Partiendo desde nuestros sistemas democráticos, con tildes neoliberalistas (con la derecha en la puerta), hasta la deriva plutocrática -también demócrata- que está tensionando el mercado trasnacional con políticas de imposición arancelaria y fiscal. Particularmente por el despertar estadounidense, con un gobierno republicano que mira a los aranceles como una herramienta eficaz para frenar a la segunda economía del mundo (China, para quien no domine el inglés).
Si tratamos entender esta deriva política y económica, tendríamos que hacer referencia a muchas variables que han abocado a dos grandes bloques a una relación de amor-odio constante (EE. UU. vs UE), con pocas formalidades por parte del actor más beligerante que está llevando la gestión de su país con una mente fuertemente de CEO de multinacional. El ejecutivo estadounidense está tratando de llevar al límite sus posibles para comenzar a lavar los trapos sucios, que según muchos colegas de profesión, han llevado a EE. UU. a la decadencia ya entrados los años 2000.
De momento, en el presente más inmediato, estamos viendo caídas de hasta un 16% en los índices estadounidenses como el S&P 500, que agrupa a las compañías más importantes de Estados Unidos, sin hablar de la caída de nuestro estimado Ibex 35 con cierres de hasta un 7% en negativo. Esta explosión, provocada por las propias amenazas de unos aranceles que aún no han entrado en vigor, provocan lo que a mi me gusta llamar, “la teoría de la expectativa”: un aprieto pero no ahogo… y vamos viendo. La tortilla está a punto de darse la vuelta, cuando se comience a negociar excepciones, comenzando así el relato del “salvador de la economía mundial”, y no solo el de la estadounidense.
Estamos ante un momento histórico donde las relaciones multilaterales se presentan como paracaídas, mientras que aquellas que parecían ser oficiales comienzan a tornarse de dudoso sentido y fiabilidad. Es paradójico que la propia globalización que tantas facilidades nos ha brindado, esté jugando en nuestra contra. La cruda realidad es que, dentro de este entorno geopolítico -donde no tenemos entidades supranacionales con capacidades suficientes de reacción y maniobrabilidad- nos encontramos vendidos al actor que más fuerza bruta económica posee. Ya lo advertí en publicaciones anteriores: la realidad del sistema internacional descansa en las bases del realismo y Trump es un amable lector de esta teoría. Ya la puso en práctica en la pasada legislatura y continua en esta con un carácter aún más agresivo y proteccionista, centrando su agenda política en proteger sus intereses nacionales y en volver a una lógica de dependencia casi nula, con una cooperación moderada, únicamente necesaria y estratégica (Ucrania y sus minerales; Groenlandia, con sus recursos naturales y su posición geoestratégica… etc).
De momento, el impacto no está siendo el esperado, y podemos ver cómo el país por excelencia capitalista vende huevos a 12 dólares la docena y hace perder 129 mil millones al hombre más rico del mundo (no sólo a Musk; que también están sufriendo Facebook, Apple etc), quién ha pasado de ser la mano derecha del presidente a desmarcarse de su estrategia en un intento de no ahogarse en el proceso de salvación americana.
Para ir finalizando esta amalgama introductoria e ir centrando el tiro, en el post más largo que he escrito nunca, solo nos queda preguntarnos: ¿Qué viene después o cómo va a desarrollarse?.
El sistema internacional muestra signos de agotamiento ante las amenazas constantes, y estamos presenciando cómo muchos países han despertado, desarrollando sus propias estrategias y planificando respuestas paralelas tanto en el ámbito político como económico. Hemos pasado de considerar al vecino como un aliado amistoso a percibirlo como una figura de comportamiento incierto, con desequilibrios evidentes y escasa fiabilidad.
La política rusa ha funcionado como un espejo para Estados Unidos: mientras la figura de Putin acaparaba toda la atención mediática como antagonista global, se gestaba silenciosamente el plan económico catastrófico de aranceles y medidas pasivo-agresivas con el entorno internacional. Esta distracción ha impulsado a la Unión Europea a acelerar su planificación en los ámbitos militar, económico y social de forma más autónoma, rompiendo con el orden de interdependencia establecido tras la Segunda Guerra Mundial. Este proceso ha reavivado inquietudes industriales y la necesidad de reducir la dependencia de terceros, buscando mayor autosuficiencia económica frente a otros bloques de poder.
El auge ideológico de la derecha en Europa está calando profundamente, especialmente entre los jóvenes y aquellos desencantados con una clase política que perciben como excesivamente complaciente. La figura del líder implacable —que genera tanto morbo como éxito mediático— empieza a llenar el vacío de liderazgo para ciertos sectores sociales que se encuentran en posiciones de mayor vulnerabilidad.
Si bien vemos todo esto, como una catástrofe internacional, este es el punto de inflexión que puede procurarnos un avance tanto geopolítico como social, y que ha de ser aprovechado no solo a nivel internacional, sino a nivel comunitario y regional, pues la oportunidad de generar una visión más dura de la idea europea y de la Unión como palanca de fuerza para el futuro, es más que una necesidad. Todo ello, sin descuidar la inversión en seguridad, bienestar social y una economía sólida e independiente.
En este contexto, se evidencia que la economía no está respondiendo a los vaivenes de Trump de la manera esperada, ya que las contracciones económicas en las economías desarrolladas no vienen acompañadas de cifras positivas, a diferencia de economías en desarrollo de algunos países latinoamericanos que actualmente están en auge. La interconexión generada en los últimos años ha provocado una cooperación forzosa entre muchos actores internacionales, que naturalmente no ceden con facilidad, ya que cuentan con suficiente capacidad coercitiva para establecer posiciones dominantes en cualquier negociación, sea cual sea su naturaleza. Si tomamos como línea de actuación los informes Letta y Draghi, hay un principio que debe quedar meridianamente claro: la "unión de uniones" en el marco europeo no es una aspiración simbólica, sino una necesidad estratégica. En un contexto global marcado por rivalidades entre grandes potencias y tensiones geoeconómicas crecientes, solo una Europa integrada —en lo fiscal, económico, energético y digital— podrá recuperar una verdadera capacidad de reacción autónoma.
El informe Letta propone revitalizar el Mercado Único Europeo como el principal instrumento para garantizar soberanía económica. Esto implica no sólo eliminar barreras internas persistentes, sino también impulsar sectores clave como la transición verde, la digitalización y la salud pública. Por su parte, el informe Draghi pone el acento en la inversión estratégica coordinada, señalando que Europa debe pasar de una lógica reactiva a una lógica de anticipación y liderazgo, con una política industrial común que no dependa de terceros países para sus bienes críticos.
Ambos informes coinciden en que la convergencia de fondos y políticas —a través de instrumentos como los fondos Next Generation EU o nuevos mecanismos fiscales comunes— debe servir para suplir los déficits estructurales del continente, especialmente en lo tecnológico y en la defensa de bienes públicos europeos. La competitividad, en este marco, no se entiende como una carrera de Estados miembros entre sí, sino como un proyecto colectivo frente a bloques externos.
En resumen, si Europa quiere seguir siendo relevante, debe actuar como un bloque unido, con una visión compartida, herramientas comunes y una voluntad política firme que supere inercias nacionales y apueste por una integración funcional de sus capacidades.
Ya para finalizar y concluir, estamos en un punto crítico donde la interacción entre las grandes potencias, las tensiones geopolíticas y los cambios estructurales internos de Europa dictarán no solo su futuro económico, sino su papel en la redefinición del orden global. La clave para que Europa recupere su capacidad de influencia y liderazgo radica en su capacidad de integración, de trascender los intereses nacionales y abrazar un proyecto común que apunte a la autosuficiencia, la competitividad y la soberanía estratégica. Es ahora o nunca: si Europa no se une y fortalece internamente, quedará relegada a la periferia del tablero internacional.
Espero que no os hayáis aburrido e ido a mitad. Bisoussss.
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