“Los nuevos métodos de acceso y comunicación de información unen a las regiones como nunca antes y proyectan globalmente los acontecimientos, pero de una manera que inhibe la reflexión y exige que los líderes registren reacciones instantáneas expresadas en eslóganes.” Henry Kissinger.
Que vamos a decir ya que no se haya dicho. Estamos viviendo un momento de tensión internacional que refleja las debilidades más torpes del viejo continente. Desde la reconstrucción de Europa, hemos venido viviendo décadas de buenismo y diplomacia política que han ido solventando los conflictos entre aquellos actores externos que no seguían las líneas democráticas, pero que por nivel de fuerzas y equilibrio de poder, se terminaban manteniendo dentro de los espacios de seguridad previamente establecidos. El orden mundial "buenista" establecido tras la II Guerra Mundial está siendo alterado por agentes que desvían el problema diplomático y actúan según intereses económicos. Como resultado, aprovechan estos acontecimientos y la creciente debilidad de quienes están inmersos en el conflicto bélico para expoliar territorios y obtener ventaja estratégica sobre otros actores externos.
Ahora, nos encontramos en un punto de no retorno, donde dicho informalmente, estamos viendo las orejas al lobo. Aunque ya hicimos referencia —sarcásticamente— en otras ocasiones a cómo el detrimento de las democracias está llegando a un punto ciertamente peligroso, hoy en día podemos ver cómo la realidad geopolítica nos está golpeando en las narices sin previo aviso. Hemos sido torpes en Europa. Esa es la radiografía que podemos hacer en la actualidad, basada en las prisas acuciantes que nos genera actualizar ámbitos como la seguridad, la defensa del bloque, la economía comunitaria y, no menos importante, nuestra capacidad de respuesta ante un mundo globalizado que fuerza la evolución de las sociedades, culturas y perspectivas humanas a marchas forzadas. Hemos vivido en la idea de la paz indefinida, externalizando necesidades en mercados estratégicos como el de la energía y la seguridad, empezando por Alemania con el gas ruso y quedándonos atrás en el desarrollo armamentístico y tecnológico.
Gracias a que la gastronomía verdadera nació en nuestro continente, no hemos dejado de ser los primeros en el ámbito agroalimentario, que ya me jodería comer sándwiches de mantequilla de cacahuete con cosas varias.
La ruta a seguir, después de todo, sigue siendo incierta. Lo que sí comprendemos es que nuestras decisiones deben garantizar capacidad de acción y reducir la dependencia de nuestros socios comerciales. Necesitamos más energía, más defensa y una economía estratégica que no permita conceder sin obtener algo a cambio, ni perder por perder, sino que condicione para ganar.
Trump sigue dándole vueltas a la tortilla, y aún difícilmente previsible hasta dónde puede llegar. Desde su llegada al Despacho Oval, las noticias han girado en torno a aranceles, enfrentamientos y una diplomacia prácticamente inexistente. Ha roto con las políticas tradicionales de Estados Unidos, dejando atrás décadas de continuidad, y ha pasado de ser un socio comercial fiable a convertirse en ese amigo al que empiezas a mirar con recelo cuando se obsesiona con el precio de las patatas y pide un Bizum al instante.
Ha frenado el envío de armamento, ha restringido la cooperación en inteligencia y ha impuesto una única salida para Ucrania: firmar un acuerdo. Un pacto que, con toda probabilidad, será profundamente desigual, especialmente desde la óptica ucraniana y europea, y que amenaza con ceder una parte significativa del territorio ucraniano, comprometiendo su soberanía. Por supuesto, nada es gratis.
¿Nos ponemos piedras en el camino?
Mientras seguimos con la vorágine trumpiana y la guerra en Ucrania, parece que Europa comienza a dar coletazos de flexibilidad en las metas previstas para el 2030, aunque estas siguen siendo polémicas y exigentes, han vislumbrado como la planificación de salvar el mundo sin salvarnos a nosotros antes, no está funcionando. El mejor ejemplo posible de esta situación, es la industria automovilística, que no ha sido más que penalizada por la carrera hacia la electrificación, pasando por alto la competencia que ejercen países como China.
Este gigante asiático, ha superado con creces todo límite tecnológico y está copando el mercado con empresas de capital chino que fabrican a precios irrisorios y penetran los mercado a velocidades inauditas. Hemos forzado la protección del medio ambiente como países ejemplares que somos, y hemos dejado que otros campen a sus anchas en el ámbito internacional, sin penalizar la desventaja que provocan en el mercado europeo. Cumplir con el Pacto Verde Europeo o el ETS (Sistema de Comercio de Emisiones) conlleva aplicar paréntesis rígidos, donde países con regulaciones laxas pueden producir más barato e inundar la oferta de productos que son de menor calidad pero que cumplen con las necesidades de sus posibles clientes.
¡Cuidado! También debemos romper una lanza en favor de estas posturas y líneas verdes, que no son tan tremendistas ni malignas. Esta regulación ambiental puede llegar a ser una desventaja en un entorno hostil, dado que la evolución interna no condiciona, a corto plazo, el entorno, pero sí puede ortorgar una posición de liderazgo a Europa en sostenibilidad y tecnología verde, que puede provocar a largo plazo una autosuficiencia energética beneficiosa estratégicamente. Debemos cuidar el sitio en donde habitamos, o por lo menos, dejar la menor huella y destrucción posible.
Para terminar, debemos tener presente que Estados Unidos con la administración Trump/Musk, está virando sobre sí misma hacia un proteccionismo económico sin barreras, aplicando un individualismo estatal que está dando lugar al abandono de la cooperación internacional frente a todo aquello que no reporte un beneficio económico casi inmediato. Por lo tanto, hemos de comenzar a contrarrestar los efectos que esto está produciendo y los que están por venir, mirándonos a nosotros mismos y reconstruyendo una independencia estratégica que no implique la dependencia de la externalización mercantilista de nuestras economías y nuestras industrias.
Las recetas quedan escritas, ¿pero quién las sigue?
Bueno, que me enrollo más que las persianas, iremos planificando el próximo critiqueo a la situación que viven los jóvenes y la sociedad española, con alguna vaga pincelada de análisis económico que da números bonitos a situaciones malas.
Bisous.
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